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Anexos

 

·         Anexo 1

 

 Las calles de Arica variaron en el tiempo en su nombre como en su  ubicación, producto de las reiteradas reconstrucciones sufridas por la ciudad a consecuencia de los terremotos como también como resultado de las fuertes emigraciones ocurridas debido a las pestes, de los ataques de piratas, y por las crisis económicas que a padecido  el puerto a lo largo de su historia.

 

Calles diseñadas de Este a Oeste Ciudad Antigua.

 

Colonia                                          República  Perú                                  República Chile

 

*******                                        ******                                                 Carlos Condell

*******                                        Ayacucho                                            Yungay

*******                                        Junín/ Hipólito Unanue                     7 de Junio

San Marcos                                   San Marcos                                         San Marcos

San Francisco                                               28 de Julio                                            Rafael Sotomayor

Del Comercio                                 Del Comercio/2 de Mayo                   21 de Mayo

********                                      Ayacucho/De las Provisiones          Manuel Thomson

De la Alameda                               De la Alameda                                     18 de Septiembre

*******                                        Atahualpa                                            Maipú

*******                                        De la Pampa                                         Bernardo O’higgins*[HLZ1] [HLZ2] 

 

Calles diseñadas de Sur a Norte Ciudad Antigua.

 

Colonia                           República Perú                                    República Chile

 

Del Fuerte                      Del Ferrocarril                                      Máximo Lira/Cdte. J.J. San Martín

*********                    ********                                            Gral. Justo Arteaga

De la Aduana                De la Aduana                                      Pedro Montt

Del Rey                           Junín/ ****                                         *******

Camino Real                   Hipólito Unanue/Arica                      Corl. Francisco Bolognesi*

De las Mercedes           De las Mercedes/ Del colegio           Cristóbal Colón

********                      Chucuito                                              Sangra

********                      De la Matriz                                         Gral. Manuel Baquedano

********                      Bidaubique                                          Almte.  Patricio Lynch

********                      Melgar/Corl. Carlos Zapata               Gral. Pedro Lagos

********                      Gamarra/Prado                                     Almte. Manuel Blanco Encalada

********                      Mariscal Ramón Castilla                    Gral. José de San Martín

********                      Pampa del Hospital                             Dr. Arturo Gallo

 

 



 

·         Anexo 2

 

 

CRÓNICA DEL TSUNAMI DE ARICA, 1868. (I)

 

 

 

Hacia las cuatro de la tarde me encontraba en la cabina del comandante cuando nos sobresaltamos, pues el barco vibraba como cuando se deja caer el ancla y la cadena gime en los escobenes. Seguros de que no podía tratarse de esto, corrimos hacia el puente. Atrajo nuestra atención una nube de polvo que avanzaba desde el sudeste por tierra, al mismo tiempo que crecía la intensidad del ruido. Ante nuestros ojos estupefactos las colinas parecían tambalearse, y el suelo se agitaba igual que las pequeñas olas de un mar picado.

La nube de polvo envolvía ya a Arica. Al mismo tiempo se elevaban a través de su impenetrable velo los gritos de socorro, el estruendo de las casas que se derrumbaban y la mezcla de los mil clamores que se producen durante una calamidad. Mientras tanto, nuestro barco se sacudía como tomado por una mano gigantesca. Después, la nube cruzó sobre nosotros.

A medida que el polvo se disipaba, nos frotábamos los ojos y mirábamos sin poder creer lo que veíamos en el sitio donde segundos antes se encontraba una ciudad feliz y próspera, diligente de actividad y vida, sólo veíamos ruinas entre las que se debatían los heridos menos graves de todos, los infortunados prisioneros de las ruinas de sus propias casas; gritos, aullidos de dolor y llamadas de auxilio rasgaban el aire, bajo un sol sin piedad que brillaba en el cielo sereno.

Temerosos por la llegada de un maremoto, mirábamos hacia el mar abierto; pero el mar estaba tranquilo y se podía creer que los cuatro o cinco minutos que acabábamos de vivir, así como el desolado espectáculo al que volvíamos momentáneamente la espalda, habían sido una pesadilla. Por prudencia, el comandante hizo fondear las anclas suplementarias, cerrar las escotillas, amarrar los cañones, poner alambreras.

En tierra, los sobrevivientes atravesaban mientras tanto la playa y se apiñaban en el pequeño malecón, llamando a las tripulaciones de los barcos para que ayudaran a sacar a sus parientes de las confusas ruinas y transportarlos a la aparente seguridad de los barcos anclados. Esto era más de lo que podíamos soportar, así que de inmediato bajamos la lancha con trece hombres a bordo. Alcanzó la ribera y la tripulación desembarcó de inmediato, dejando solamente un marinero de guardia en la embarcación. Mientras tanto, abordo tratábamos de organizar un equipo armado de palas, hachas y zapapicos, cuando un rumor atrajo nuestra atención; al volver los ojos a tierra vimos con horror que el lugar en el que se encontraba el muelle lleno de seres humanos, había sido tragado en un instante por la repentina subida del mar, mientras que nuestro navío, flotando sobre la superficie, no lo había notado. Veíamos asimismo la lancha con sus tripulantes arrastrados por la irresistible ola hacia el alto acantilado vertical del Morro, en donde desaparecieron entre la espuma formada por la ola al romper sobre las rocas.

En ese mismo momento se produjo una nueva sacudida sísmica, acompañada en la ribera de un terrible rugido que duró algunos minutos. Vimos nuevamente ondular la tierra, moverse de izquierda a derecha, y esta vez el mar se retiró hasta hacernos encallar y descubrir el fondo del océano, mostrando a nuestros ojos lo que jamás se había visto: peces que se debatían entre las rocas y monstruos marinos embarrancados. Las embarcaciones de casco redondo rodaban sobre sus costados, mientras que nuestro “Wateree” se posó sobre el fondo plano. Cuando volvió el mar, no como una ola sino más bien como una enorme marea, hizo rodar a nuestras infortunadas naves compañeras con la quilla arriba del mástil, mientras que el “Wateree” se levantó ileso sobre las agitadas aguas.

A partir de ese instante, el mar pareció desafiar todas las leyes de la naturaleza. Diversas corrientes se precipitaban en direcciones opuestas y nos arrastraban a una velocidad que jamás hubiéramos alcanzado, aunque marchásemos a todo vapor. La tierra temblaba continuamente, en intervalos regulares, cada vez con menos violencia y durante menos tiempo.

El acorazado peruano América, el más veloz de su tiempo, continuaba a flote, así como el navío norteamericano Fredonia. El América, que había intentado llegar a mar abierto a toda la velocidad de sus máquinas antes de la retirada del mar, se hallaba parcialmente en seco, con el casco desfondado. En ese momento la ola lo arrastraba a gran velocidad hacia la ribera mientras sus chimeneas vomitaban un espeso humo negro y parecía ir en socorro del Fredonia, que, gravemente averiado, era empujado hacia los acantilados del Morro de Arica. Creyendo que esas eran sus intenciones, el comandante Dyer, del Fredonia, corrió a la proa del barco y gritó hacia el acorazado, que se encontraba sólo a unas yardas de distancia: ¡No pueden hacer nada por nosotros, nuestro casco está roto! ¡Sálvense! ¡Adiós! Un momento después el Fredonia se estrelló contra el acantilado y nadie se salvó, mientras que una corriente contraria tomó milagrosamente al navío peruano y lo arrastró en otra dirección.

Los últimos rayos del sol iluminaban los Andes cuando vimos con horror que las tumbas, sobre la pendiente de la montaña de arena, en la que los hombres de la antigüedad enterraron a sus muertos, se habían abierto, y, colocadas en filas concéntricas, como en un anfiteatro, las momias de los aborígenes muertos aparecían de nuevo a la superficie. Habían sido enterradas sentadas frente al mar. Estaban sorprendentemente conservadas gracias al salitre que impregnaba el suelo; las violentas sacudidas que habían disgregado esa tierra seca y desértica descubrían una espantosa ciudad de muertos, enterrados hacía largo tiempo.

Las palabras son incapaces de describir el aterrador espectáculo de la escena. Impresionados por los momentos que acabábamos de vivir, creímos que había llegado el día del Juicio Final y que la Tierra iba a desaparecer; la amargura de una muerte tan aterradora era mayor de lo que podíamos imaginar.

La noche había caído hacía largo tiempo cuando el vigía gritó sobre el puente para anunciar que una ola gigantesca se aproximaba. Escrutando la oscuridad percibimos primero una débil línea fosforescente que, como un extraño espejismo, parecía subir cada vez más hacia el cielo; su cresta, coronada por la lúgubre luz de un resplandor fosforescente, revelaba siniestras masas de agua negra que se agitaban por debajo de ella. Anunciándose con el estruendo de miles de truenos que rugían al unísono, el maremoto que temíamos desde hacía horas había llegado finalmente.

De todos los horrores, éste parecía ser el peor. Encadenados al fondo, incapaces de escapar, habiendo tomado todas las precauciones humanamente posibles, no podíamos más que ver llegar la monstruosa ola, sin siquiera el sostén moral de poder hacer algo, ni la esperanza de que el navío pudiese pasar a través de la masa de agua que avanzaba para destrozarnos. Lo único que nos quedaba era sujetarnos a los barandales y esperar la catástrofe.

En medio de un estruendo aterrador, nuestro barco fue tragado, enterrado bajo una masa semilíquida, semisólida de arena y agua. Permanecimos sumergidos faltándonos el aire durante una eternidad; después, con un gemido de toda su armazón, nuestro sólido “Wateree” se abrió un camino hacia la superficie con su jadeante tripulación sujeta aún de sus barandillas. Algunos hombres estaban gravemente heridos; ninguno había muerto, no faltaba nadie. Había sido un milagro en el que, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, me es difícil creer.

Ciertamente nuestra supervivencia se debió a las líneas y a la forma del barco, que había permitido que el agua escurriera del puente en forma tan rápida como si se tratara de una balsa.

El navío había sido transportado a gran velocidad y rápidamente se inmovilizó. Tras esperar unos minutos, bajamos una linterna desde a bordo, y descubrimos que habíamos encallado. No sabíamos en dónde. Algunas olas menos violentas se estrellaban contra nosotros, después todo cesó. Durante algún tiempo permanecimos en nuestros puestos, pero como el barco seguía inmóvil, se dio la orden a la agotada tripulación para que fuera a dormir.

El sol se levantó sobre una escena de desolación como pocas veces pudo contemplarse. Estábamos en seco, a tres millas del sitio en que habíamos anclado y a dos milla tierra adentro (unos 3,5 kilómetros). La ola nos había transportado a una velocidad increíble por encima de las dunas de arena que bordean el océano, a través de un valle, y más allá de la vía del ferrocarril que va a Tacna, para abandonarnos al pie de la cadena costera de la cordillera de los Andes. Ahí, sobre el acantilado casi vertical, descubrimos el rastro que la ola del maremoto, a unos 47 pies de altura (unos 15 metros), había dejado. Si la ola nos hubiera arrastrado 60 pies más adelante, nos habría estrellado contra el muro perpendicular de la montaña.

Cerca de nosotros yacían los restos de un velero inglés de tres palos, el “Channacelia”; una de las cadenas del ancla se arrollaba alrededor del navío tantas veces como su longitud lo había permitido, mostrando así que el barco había rodado varias veces. Un poco más lejos, rumbo al mar, el acorazado América estaba destrozado, recostado sobre uno de sus flancos.

Los terremotos continuaron durante los siguientes días, pero ninguno alcanzó ya la violencia ni la duración del primero; sin embargo, algunos eran lo suficientemente severos para sacudir al “Wateree” hasta hacerlo vibrar como una vieja tetera, así que nos vimos obligados a abandonar el navío para acampar en la meseta, 200 pies más arriba. Desde allí pudimos contemplar el efecto desastroso de las sacudidas en la topografía. En algunos sitios encontramos fisuras inmensas, una de las cuales alcanzaba más de 100 pies de ancho, con profundidades desconocidas; otras no eran más que simples cuarteamientos y desgarraduras. Aquí y allá descubrimos la prueba da la desesperación de la gente durante su huida: recuerdo, por ejemplo, el cadáver de una mujer montado sobre un caballo muerto, los dos tragados por una grieta cuando trataban de escapar para salvar la vida.

La ciudad misma había desaparecido y en su lugar se extendía una llanura de arena sólida. Exceptuando los barrios adosados a la montaña, no quedaba ninguna casa que señalara el sitio en que estaba levantada Arica. Todas las construcciones hechas con tabiques suaves, llamados "adobes", habían sido destruidas por el mar. En los barrios situados abajo del nivel alcanzado por el agua, caminábamos sobre un horrible amontonamiento en el que todo se mezclaba, incluyendo los cadáveres, bajo una altura de 20 ó 30 pies.

De los diez o quince mil habitantes que tenía Arica, sólo sobrevivieron unos cuantos centenares de infortunados. Durante las tres largas semanas que esperamos la llegada de los primeros auxilios, compartimos con ellos las provisiones y el agua potable del “Wateree”. Renuncio a describir nuestra emoción cuando finalmente la vieja fragata Powhatan, de la Marina de los Estados Unidos, apareció en la rada con la cala y el puente sobrecargado de todas las provisiones, de todos los víveres posibles.

 

Traducida del National Gegraphic Magazine del 15 de enero de 1915, Pg., 57 – 71, Titulo original: “Some Personal Experiences with Earthquakes”, autor: L.G. Billings.

 


 

 

CRÓNICA DEL TSUNAMI DE ARICA, 1868. (II)

 

El siguiente relato corresponde  al comandante interino de la corbeta de la marina de guerra del Perú, “América”, que tres días después de la tragedia escribió el parte informando al Comandante General de la Marina de Guerra del Perú en forma detallada lo ocurrido ese nefasto día 13 de agosto de 1868, decía así:

 

Señor, Comandante General de Marina:

 

En cumplimiento de mi deber tengo el honor de poner en conocimiento de US. todo lo  ocurrido a bordo de la expresada.

A las  5 horas 15 m.  Del 13 P.M. se sintió un fuerte terremoto,  y se vio ir desplomando todo los edificios de este puerto, el temblor duró 4 m., inmediatamente mande encender  las hornillas y como  la mar estaba  tranquila ordené fuese una falúa con cuatro hombres y todos los aparatos necesarios para apagar los incendios que se notaban en tierra y un bote por el señor comandante.

Antes que desembarcase nuestra gente  que mandé en auxilio de los de tierra y después que el comandante estuvo en su gnig vino una corriente del sur tan fuerte que ambos botes eran arrastrados por ella. Fondeé  la ancla de estribor y se arriaron 60 brazas de este lado y cien de la de babor con lo cual estabamos fondeados, 5 minutos duró  la primera corriente que la hice medir era de 5 y media millas, y que inundó la población, vino una segunda en sentido opuesto, es decir desde el norte, y dejo la bahía en seco varando en su fondeadero la barca inglesa “Chañarcillo”, la “América”,  “Rosa Rivera” y todas las embarcaciones menores.  Ayudados por esta corriente pudieron llegar a bordo nuestros botes y en uno de ellos el señor comandante.

Las corrientes de sur a norte se sucedían  con tanta frecuencia y sus cambios tan rápidos que era imposible mandar embarcaciones a salvar  a las muchas personas que se veían flotando encima de las palizadas y que pedían auxilio. Sin embargo del grave peligro que corría nuestra gente, se mando la chalupa a recoger unas mujeres que estaban próximas. La chalupa apareció 24 horas después y sus bravos tripulantes  cuyos nombres daré a US. por separado, han tenido que luchar mil veces con la muerte y gracias a su valor y serenidad pudieron llegar a tierra trayendo a la señora cuya salvación se les había ordenado y a dos marinos del “Fredonia” a quienes también pudieron salvar.

La “América” seguía aguantada sobre sus anclas,  y los mismos oficiales ayudados por la marinería se ocupaban en trincar la artillería y alistar los masteleros de juanete y sobre cubierta para colocarlos.

Durante los cambios de corrientes todas las embarcaciones que fue imposible usarlas y salvamos al piloto del bergantín “Regalón”, cuyo buque ya había naufragado, pudimos también salvar un guardia marina del “Wateree”, y varios marineros de ese buque.

Así seguimos hasta las 6 horas 45 minutos P.M. en que las corrientes aumentaron hasta 9 y media millas con corredera y su duración era de 5 a 10 minutos. A las 7 horas 3 minutos P.M. vino una corriente del Sur con una fuerza de 10 y media milla según el parte que me dio el teniente Freire de haberlo el mismo medido, esta corriente hizo saltar nuestras dos amarras después de haber arriado toda la cadena e instantáneamente nos pusimos sobre la playa. Este momento fue terrible y aun el comandante mandó dar avento, fue imposible se cumpliera su orden por no tener vapor todavía y necesitarse 15 libras aún para levantar.

La corriente nos llevaba, y no sabíamos dónde, pues se oscureció de tal modo que absolutamente se veía a 5 metros. Después de estar al garete encallamos en una de las playas de sotavento y uno de los muchos mares que pasaron sobre el buque  sacó del puente al señor comandante y al alférez Herrera que estaba a su lado. Las embarcaciones fueron arrancadas de sus pescantes y ninguna se arrió  debido a los esfuerzos que  los oficiales hicieron para impedirlo.

Estando el buque destrozado  sobre la playa y completamente lleno de agua en la parte de popa comenzó a declararse un incendio en el sollado y la tripulación no podía transitar por la cubierta pues los que intentaron hacerlo, o quedaban aplastados por la arboladura que en ese momento caía o eran sacados por el mar. En esta difícil circunstancia, sin botes en que salvar y oyendo los ayes de los que esperaban y no podíamos socorrer, vino una segunda e inmensa ola que acabó de llenar de agua el buque y que fue nuestra salvación porque apago el incendio.

Nos hallamos en esta situación sin esperanza de salvar,  y pidiendo todos a Dios nos enviara la muerte, pues ya no había paciencia para sufrir tanto y ver desaparecer personas queridas, cuando secó repentinamente  la mar retirándose como dos millas, y dejando el buque en seco. Inmediatamente, todos bajamos a la playa y corriendo logramos escapar, pues ya venía otra mar detrás de nosotros

Adjunta verá US., la lista de muertos y heridos, contándose entre los primeros la del irreparable comandante Reyes y la de los excelentes  oficiales y buenos compañeros las alféreces Herrera, Ferreyros y Dr. Roman.

 El vapor de guerra de los Estados Unidos “Wateree”  queda cerca de una milla más a tierra que nosotros; del pontón “Fredonia” no se encuentra una tabla y los buques “Chañarcillo” inglés y americanos “Rosa Rivera” y “Regalón” están también completamente perdidos. No queda un bote a flote en la bahía, y de algunos de los buques no se ha salvado una persona.

En momentos tan apremiantes encontramos nuestra misericordia en los jefes y oficiales del “Wateree” que habiendo salvado sus equipajes nos vistieron, nos dieron alimento y nos ofrecieron cuanto necesitábamos. Esta noble conducta es de mí deber poner en conocimiento de US., lo mismo que las de los doctores Dubois y Winslow y el segundo del “Wateree” ambos con esmero y prolijidad han atendido a nuestros heridos.

En medio de tanta desgracia me queda la satisfacción de haber presenciado el raro comportamiento de todos los subordinados en momentos tan desesperados. Los marineros no quisieron venir a tierra a pesar de que seles ordenaba lo hicieran, hasta que nos auxiliaron y llevaron en hombros a todos los oficiales que estábamos aun estropeados.

Marcha en el vapor el primer ingeniero para que haga un pedido verbal de los aparatos indispensables con que debe sacarse la artillería, maquinaria y toda cosa que se pueda utilizar. También marchan algunos de los heridos que pueden ser transportados.

Yo quedo aquí con toda la dotación  esperando órdenes de US., cuidando a los heridos que no pueden ser transportados, y prestando con la tripulación todo auxilio que pueda a la población.

 Como hasta este momento última hora subsiste la alarma, no puedo ser más extenso ni dar a US., más detalle.

 

Dios guarde á US.

 

                                                      P.S.C.G.  Carlos Ferreyros.

 

 

CRÓNICA DEL TSUNAMI DE ARICA, 1868. (III)

 

El siguiente relato corresponde a una carta enviada dos días después del terremoto al diario “El Comercio” de Lima por una autoridad civil de Arica no identificada:

 

Mi querido hermano:

 

Te escribo esta con la impresión más fuerte que he experimentado en mi vida. Antes de ayer 13 de agosto, a las cinco se ha experimentado el terremoto mas fuerte que en mi vida he visto y veré, si la Providencia me concede mucha vida; porque estos casos se repiten cada siglo en esta desgraciada América.

Felizmente vivía en una casa hotel, todo de telar, y esta se mecía como una hamaca: corrí a unas huertas vecinas con peligro de que me cayera algo. Allí vi el espectáculo más terrible y conmovedor, todos los edificios de la ciudad caían, y en un instante la atmósfera se cubrió de polvo que no permitía ver a distancia de veinte pasos.

El terremoto duró como cuatro minutos; pasado este salí a la calle que es bastante ancha, y vi que todas las casa de una y otra vereda habían caído. Pensé en el mar y como autoridad que soy, me dirigí a la ribera y el muelle, y entonces noté que la mar había bajado considerablemente y comenzaba a llenar de la parte sur formando remolinos  en la parte del muelle. Di la vos de alarma a todas las personas que encontré entre estas muchas conocidas y amigas. Corrimos hacia las faldas del Morro y cuando no bien estaba a la altura de 30  a 40 pies el mar invadía con tal fuerza y rapidez imponentes arrastrando cuanto encontraba a su paso: levantando los edificios que aun quedaban en pie ó inclinados por efecto del terremoto, transportándolas de un lado y otro hasta deshacerlas en su totalidad y retirándose enseguida para invadir nuevamente por cuatro o seis veces. El mar subió como 30 ó 35 pies y penetro hasta la puerta de la Matriz., que esta a la dicha altura.  Me encontraba en el Morro, siempre subiendo y ayudando a varias familias según los ruidos horrorosos del mar, porque ya no veíamos por la oscuridad. Toda la bahía se transformo en remolinos de sur y norte y viceversa, con corrientes que pasaban de 10 millas. Los buques de guerra “América” y “Wateree”, N.A., largaron todas sus anclas, lo mismo que el pontón N.A. y los mercantes, arriando toda la cadena para resistir la corriente y remolinos, pero todo en vano.

En la oscuridad que comenzaba, los veíamos vagar de sur a norte los de guerra y el pontón “Fredonia” que eran los que más afuera se hallaban, y los mercantes “Chañarcillo”, “Rosa Rivera” y “Eduardo”, comenzaron  a tumbarse ya de costado, ya de otro, por efecto de que en la resaca tocaban en el fondo y el nuevo flujo los arrojaba volteándose hasta tocarse sus palos.

Se tuvo mucha esperanza de que salvaría la “América” y el “Wateree”: principalmente la primera que se apresuraba en hacer vapor; del segundo sabíamos por sus oficiales, que su maquina estaba en compostura pero ¿qué sucedió? Que últimamente vino un flujo mas fuerte que los anteriores de la parte sur y había llevado todos los buques a tierra hacia la parte del norte llamado Chacalluta y arrojándolos como a una distancia de un cuarto de milla de la rivera del mar. Solamente la “América”, toda averiada, el “Wateree” y bergantín “Eduardo” permanecen con el casco entero, pero a la distancia que digo; los demás se han hecho pedazos que sería difícil  determinar si sus restos son de un buque o de un edificio.

La mañana siguiente nos presentó  este espectáculo y el de las dos terceras partes de la ciudad, arrasadas por el mar, como si jamas hubiese existido en aquella parte un edificio.

De 9 a 10 de la noche comenzaron a llegar algunos oficiales de la “América” y marineros del “Wateree”, a darnos las noticias que dejo referidas, tocantes a los buques. Casi una tercera parte de las tripulaciones de los buques han perecido, tanto de guerra como mercantes. De la “América”, oficiales han perecido, el comandante Reyes,  Teniente Herrera, alférez Ferryros (el cogito) y el doctor. En tierra no han faltado  sus víctimas;  se calculan en quince o veinte; entre estas la mujer del teniente de maniobras del “Wateree” Missis Jhonson.

Al amanecer del 14, el espectáculo era conmovedor; todo convertido en ruinas de los tres elementos, el mar, la tierra y el fuego porque también se declararon  dos incendios en medio de las ruinas, inmediatamente después del terremoto y en la parte que no llegó el agua. La playa desde Arica o desde el Morro hasta mas allá de Chacalluta como ocho millas, y el resto hasta Tacna, está en muy mal estado. Esta ciudad no ha sufrido mucho: no se cuenta sino una que otra víctima y como cuarenta casas caídas.

 En todo los puertos del Sur hasta Iquique, se ha experimentado lo mismo que Arica. Esos puertos que no tienen más agua que la que se condensaba por maquinas, qué será de la población  por falta de este artículo y víveres. El vaporcito “Ecuador” que llegó esta mañana, comunica estas noticias. Uno que otro buque dice, haberse varado y de Iquique, haber perdido como 100 vidas y toda la ciudad arrasada.

 

                                                                              Tu hermano.

 

 

 

Testimonio extraído de crónica publicada en el Diario La Estrella de Arica el 12 de agosto de 2001, pg. A-10, A-11, A-13, de un trabajo del académico de la Universidad de Tarapacá, encargado del “Archivo Histórico Vicente Dagnino Oliven”, Elías Pizarro Pizarro.

 



·         Anexo 3

 

ACUERDOS FIRMADOS POR PERÚ Y BOLIVIA QUE TIENEN RELACIÓN CON ARICA

 

 

 

 

 

1.      Tratado de Comercio firmado en Arequipa el 8 de noviembre de 1831.

2.      Tratado de Comercio suscrito en Chuquisaca el 17 de noviembre de 1832.

3.      Reglamento de Comercio firmado en fecha 6 de noviembre de 1833.

4.      Convención preliminar de Paz firmada en el Cuzco el 14 de Agosto de 1838.

5.      Decreto del Presidente Agustín Gamarra del 30 de julio de 1840.

6.      Tratado preliminar de Paz y Amistad suscrito en Puno el 7 de junio de 1842.

7.      Tratado de Paz y comercio firmado en Arequipa el 3 de noviembre de 1847.

8.      Convenio de Comercio suscrito en Sucre el 10 de octubre de 1848.

9.      Tratado de Paz y Amistad firmado en Lima el 05 de noviembre de 1863.

10.      Tratado de Paz y Amistad  firmado en Lima el 26 de octubre de 1874.

 

 

 

 



* Las dos primeras  Cuadras de esta calle considerando de mar a cordillera lleva el nombre de Manuel Rodríguez.

* La calle Coronel Francisco Bolognesi desde  la calle 18 de Septiembre al norte hasta la rivera sur del río San José toma el nombre de Gral. José Velázquez  lo que en la colonia fue parte del Camino Real que llevaba a Tacna.